Una testarudez muy cara

Una testarudez muy cara

Juegos de poder

Leo Zuckermann

• Estamos desperdiciando miles de millones de dólares de los contribuyentes en el sueño guajiro de que es posible recuperar las glorias pasadas de una industria que va de salida. Es como si siguiéramos invirtiendo en el telégrafo en estas épocas del internet.

17 de Septiembre de 2020

“Hunde a Exxon Mobil apostarle a crudo y gas”. Así titulaba la principal nota del martes en la sección de The Wall Street Journal que publica Reforma en México. Christopher M. Matthews da cuenta de la caída del gigante petrolero que, hace apenas siete años, era la compañía más grande de Estados Unidos en capitalización de mercado. Desde entonces, ha perdido el 60% de su valor.

¿La razón?

“Exxon apostó doble o nada en el petróleo y el gas en lo que ahora luce como el peor momento posible. Aunque rivales han comenzado a hacer el giro a energía renovable, se mantiene firme. Los inversionistas están huyendo y los trabajadores se quejan de la dirección que sigue una compañía que algunos ven como fuera de contacto y obstinada”.

Bueno, pues esa misma obstinación y falta de contacto con la realidad la tiene el gobierno de México con Petróleos Mexicanos. Con la gran diferencia que Exxon, comparado con la empresa petrolera mexicana, está mejor administrada. Pemex, por desgracia, es un desastre gerencial.

El presidente López Obrador se ha autodenominado como un “terco”. Lo presume. Más en el tema petrolero donde, como buen tabasqueño, se quedó varado en los años setentas del siglo pasado cuando México descubrió ese gran yacimiento que fue Cantarell. Como otro López, Portillo, piensa que el crudo puede ser la fuente de una gran abundancia económica para todo el país, en particular los estados del sur de la República.

Está equivocado. El artículo del WSJ da cuenta de cómo rivales de Exxon, como Shell y BP, “han empezado a proteger sus apuestas en petróleo y gas con inversiones en energía renovable”.

La realidad —que el gobierno de López Obrador no quiere ver— es que los combustibles fósiles van de salida en este siglo. No sólo porque económicamente las energías limpias son cada vez más rentables, sino también por la urgencia de resolver el terrible problema del cambio climático que está teniendo consecuencias devastadoras para el medio ambiente.

El mismo martes que apareció la nota del WSJ en cuestión, dos páginas después, en Reforma viene un reportaje titulado “Beneficia a CFE energía de la IP”. Diana Gante da cuenta de las conclusiones de un seminario de la UNAM sobre el tema.

Resulta que los costos de generación de productores independientes de energías renovables son un 30% más baratos que los que genera la Comisión Federal de Electricidad.

Según un documento del seminario en cuestión: “Sin la existencia de los productores independientes de energía, la CFE tendría que elevar sus tarifas por la ineficiencia de sus plantas generadoras dada su antigüedad y a que el cambio tecnológico ha avanzado con una rapidez que hace casi imposible que CFE pudiera realizar las adecuaciones tecnológicas debido a las restricciones presupuestarias que enfrenta”.

Cada vez más, los países desarrollados están dejando atrás las energías fósiles para sustituirlas por energías limpias y renovables. México, con su actual gobierno, va en sentido contrario.

Una terquedad muy costosa.

Estamos desperdiciando miles de millones de dólares de los contribuyentes en el sueño guajiro de que es posible recuperar las glorias pasadas de una industria que va de salida. Es como si siguiéramos invirtiendo en el telégrafo en estas épocas del internet.

El éxito del petrolero y la generación de electricidad con carbón o productos derivados del crudo son un fenómeno del siglo pasado. En el actual, los automóviles de combustión interna ya se están sustituyendo por eléctricos y la electricidad cada vez se genera más a partir de fuentes renovables como la eólica y fotovoltaica.

Y no podemos soslayar el tema ambiental. Moral y económicamente es mejor apostarles a energías que producen poca o ninguna emisión de gases que calienten el planeta. Es lo que conviene en el corto y largo plazos. Además, las energías limpias resuelven la contaminación que tantos problemas de salud pública produce.

No es gratuito, en este sentido, que cada vez se hable de un New Deal (al estilo del que implementó Franklin D. Roosevelt en Estados Unidos), pero “verde”. Una reconversión económica que produzca millones de nuevos empleos en industrias protectoras del medio ambiente financiadas con apoyos del Estado. De hecho, si en noviembre ganan los demócratas el poder en Estados Unidos, muy pronto veremos este tipo de políticas públicas en nuestro principal socio comercial.

Y nosotros, aquí en México, por la testarudez del Presidente, seguiremos anclados en viejas ideas del siglo pasado, tan irrealizables como costosas.

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